viernes, 14 de septiembre de 2012

Moonrise Kingdom: La emoción desde la forma.

Con su séptima película Wes Anderson sigue creando imágenes para recordar. Personajes únicos que se mueven dentro de mundos cuidadosamente construidos, bellos y frágiles. Acá la apuesta no es por el realismo, sino por la emoción desde el preciosismo.

Estrenada en la más reciente edición del Festival de Cannes, “Moonrise Kingdom” ha sido la película más exitosa de Wes Anderson en términos de audiencia, aunque la crítica ha estado dividida. Y no es de extrañar, ya que con este director estadounidense las reacciones son bastante extremas, o a uno le gusta profundamente lo que propone o no le cree nada de nada.

A lo largo de su carrera Wes Anderson ha armado un camino bastante personal. Creando personajes complejos que a la vez que cautivan causan distancia. Excéntricos, solitarios, incomprendidos y extremadamente estilosos, sus protagonistas sufren de ser demasiado aventajados en lo intelectual y poco hábiles en lo emotivo. Desde “Academia Rushmore” hasta la sorprendente animación cuadro por cuadro de “El excéntrico Señor Fox”, pasando por las notables “Los Excentricos Tenembaums”, “Viaje a Darjeeling” y “La vida acuatica de Steve Zissou”, los protagonistas de Anderson siempre están un poco superados por su contexto, que por privilegiado que sea, no les permite encontrarse con ellos mismos ni con sus más cercanos...
En “Moonrise Kingdom” la apuesta va por acercarse a la fantasía del primer amor. Dos personajes pre adolescentes -una complicada e intelectual hija mayor de una pareja de abogados y un scout huérfano, talentoso y solitario-, planean huir de su realidad en una pequeña isla de New England a mediados de los sesenta. En el proceso de búsqueda de la joven pareja, los adultos implicados irán demostrando que no están tan seguros de poder hacerse cargo del desafío de enfrentarse a este inocente y bien planificado romance.

Para los que gustan de la propuestas de Wes Anderson hay varias elementos que hacen de “Moonrise Kingdom” una película irresistible. De partida la extraordinaria puesta en escena. Ya en sus películas anteriores Anderson había demostrado su delicadeza estética y su atención a los detalles. Acá la paleta de colores otoñales, la cuidadosa fotografía y el eficiente uso del montaje y los movimientos de cámara crean un relato seductor en su artificialidad. Otro punto fundamental es la capacidad de Anderson de armar elencos espectaculares, en este caso a los ya fieles Bill Murray y Jason Schwartzman, se les unen Bruce Willis, Edward Norton, Frances McDorman, Tilda Swinton y Harvey Keitel. Nombres todos que se han caracterizado por su capacidad de moverse del cine independiente a los grandes blockbusters y de vuelta, y que acá parecen disfrutar del tono juguetón que les propone la historia. Otro acierto, ya común en las películas de este director, es la deliciosa banda sonora que en este caso incluye composiciones del premiado compositor francés Alexander Desplat.

Y aunque el exceso de intelectualidad de este par de adolescentes y el cuidado esteticismo en la puesta en escena pueda parecer que juegan en contra de la emotividad de la película, el armado total de la propuesta es de tal nivel que si uno acepta la invitación, cae rendido ante el resultado. Eso si, acá no hay que esperar realismo, esto es un cuento. Un cuento, muy bien contado.

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